Primeros manuscritos y otras recreaciones (O ¿Por qué escribo? Segunda parte)

¿Recordáis el momento en que el anciano doctor Watson encuentra su vieja caja de cartón y descubre dentro… algo importante perteneciente a su niñez?

Seguro que habréis vivido algo similar a lo largo de vuestra vida… El reencuentro con alguno de aquellos objetos que han trascendido al tiempo, silenciosos y sumidos en la oscuridad, como si hubiesen estado invernando, en espera de ser resucitados por vuestros recuerdos, y, tal vez, por unas furtivas lagrimillas de emoción al revivir el torbellino de sentimientos que tienen la maravillosa desfachatez de evocar…

Pero bueno, por si no lo habéis experimentado, o no habéis leído la escena de la que os hablo, os dejo la prueba de lectura en pdf del episodio 1: El misterio de los niños desaparecidos.

Y, a todo esto, ¿a qué viene ahora este rollo?

Pues a que yo misma me estoy preguntando si ese pasaje no será fruto, al menos en parte, de mi propio deseo de encontrar el cuaderno en que escribí mi primer cuento, del que os hablaba el otro día.

Los Goonies Imagen extraída de http://hoycinema.abc.es/noticias/20150607/abci-goonies-peliculas-infancia-201506051740_1.html
Los Goonies
Imagen extraída de http://hoycinema.abc.es/noticias/20150607/abci-goonies-peliculas-infancia-201506051740_1.html

Aquel primer manuscrito se titulaba “El Paraíso”; trataba de dos hermanas gemelas que, justo antes de una especie de apocalipsis, recibían un aviso divino de lo que iba a suceder, y de lo que debían hacer para salvarse y llegar al Paraíso Terrenal. A lo largo de su camino, vivían una serie de aventuras fantásticas e increíbles, a través de lugares a cuál más tétrico, y se veían obligadas a superar obstáculos que no tenían nada que envidiar a los de los Goonies. En fin, una historia inocente y simple, como corresponde a la tierna edad de 8 años, pero que ocupaba unas cuantas páginas escritas a lápiz en un cuaderno, que bien podría haberse comparado a los del joven John Watson…

El caso es que a esa historia se le sucedieron muchas más: unas más largas, y otras más cortas; algunas conclusas, y muchas otras no. De todas ellas, algunas cobraban vida jugando con mis amigas del cole, o a través de los juegos callejeros con mi pandilla (ahora estoy hablando de una edad que rondaría los diez años), y otras, sin embargo, permanecían secretamente en mi cabeza.

Portada del cuaderno en que escribí mi segunda historia.
Portada del cuaderno en que escribí mi segunda historia.
Primera página del mismo segundo cuento.
Primera página del mismo segundo cuento.
Una ilustración al azar del segundo cuento.
Una ilustración al azar del segundo cuento.

Más tarde, a la edad de once o doce años, empecé a escribir mi segundo cuento, también ilustrado, que quedó inacabado sobre el papel, aunque en mi mente toda la historia estaba perfectamente perfilada. Trataba de cómo una pandilla de preadolescentes urbanitas descubrían y solucionaban un misterioso e intrincado caso de secuestro múltiple. Y, por cierto, he de decir que, en recuerdo de su argumento, inspiré algunas de las aventuras y escenas de los libros de Weirdo y John.

En esta ocasión, por fortuna, el cuaderno en cuestión (hecho a mano por mi padre, con restos de papel de teletipo), traspasó la barrera del tiempo, llegando hasta el presente, con sus páginas amarillentas y apergaminadas, para hacerme revivir, con una sonrisa en la boca, las fantasías de aquella época y, cómo no, compartirlo con vosotros.

En el Castillo de Embid de Ariza. Probablemente, verano de 1985 o 1986.
En el Castillo de Embid de Ariza.
Probablemente, verano de 1985 o 1986.

Y, hablando de mi padre, cabe decir que tanto él como mi madre tuvieron algo que ver en todo esto de la escritura y, desde aquí, les agradezco todo el empeño que pusieron en ello. Desde luego, ambos me inculcaron el hábito de la lectura desde muy pequeña; pero no sólo me refiero a eso… A pesar del sermón tamaño obispal que me echó mi padre en una ocasión en que se me ocurrió decir que, de mayor, quería ser escritora, ambos me ayudaron sin tregua a mejorar, día a día, redacción escolar tras redacción escolar,  mi incipiente y desdibujado estilo literario. Incluso, en cierta ocasión, mi padre me animó fervorosamente a que escribiese una redacción para un concurso que organizaba una casa regional, y que debía tener como hilo conductor el tema “Un día en el pueblo de mis abuelos”. Finalmente, la famosa redacción -de la que todavía conservo una fotocopia- salió adelante con el título “Un día en Embid de Ariza” y, cuanto menos, sirvió de crónica de lo bien que me lo pasaba cuando íbamos allí, y de dar un pasito más en el arte de la escritura.

Pero no todo era de color de rosa…

Para desesperación de mis profesores y, me temo, de mis padres, desconectaba automáticamente de las situaciones que no me interesaban o que, sencillamente, yo consideraba que no requerían mi atención. En clase, por la calle, en casa, en el coche, en misa, en el tren, en el gimnasio, en el campo, en la playa, o en la ciudad; mientras hacía deberes, mientras comía, mientras iba al colegio… Cualquier momento y lugar eran buenos para dejar volar la imaginación y huir del tedio y la rutina. Ideaba sin parar historias de viajes en el tiempo y aventuras medievales, futuristas o contemporáneas; historias de héroes de cualquier clase y condición, detectives, niños perdidos y jóvenes desamparados, o adolescentes normales y corrientes que, un buen día, se encontraban a sí mismos luchando contra traficantes de droga, villanos explotadores, asesinos, y chorizos o tiranos de toda índole…

La consecuencia… Bueno, os la podéis imaginar. Que si “estás en las nubes”, que si “tienes la cabeza no se sabe dónde”, que si “¿se puede saber en qué estabas pensando?”… ¡Y lo mejor es que era verdad! Podríamos decir que una servidora vivía saltando continuamente entre dos realidades distintas y paralelas: una, la vida real, que le aburría tremendamente hasta llegar a agobiarla, y otra, la que recreaba y moldeaba a su antojo y conveniencia en su mente.

Y, aunque todo esto suene un poco psicótico, así era. De salto en salto, y de realidad paralela en realidad paralela, el tiempo iba pasando; los años se sucedieron unos tras otros, y los días de mi infancia, como los de todo el mundo, quedaron irremediablemente atrás…

Pero, sin embargo, no sucedió así con mis fabulaciones, fantasías, historietas, personajes imaginarios, y otros cuentos recuentos; así ha continuado, de hecho, aunque con menor intensidad desde que nacieron mis hijos (y utilicé esa creatividad para inventar historias para ellos) hasta que……….

Bueno, bueno, bueno… Creo que me estoy enrollando demasiado y esto ya pertenece a otro episodio de esta historia… tan real como la vida misma 😉

El próximo día tal vez empiece a explicaros algo sobre Holmes y Watson en mi vida.

¡Hasta entonces!

“¿De dónde te sacas todo esto?” (O ¿Por qué escribo?)

¿Cuántas veces me han hecho esa pregunta desde que empecé a compartir con amigos y familiares las historias de mis queridos Weirdo y John? No las he contado. Pero, en cualquier caso, el número no tiene la más mínima relevancia; sencillamente, han sido muchas.

Por este motivo decidí, hace ya algún tiempo, explicaros de dónde me viene a mí todo esto de escribir, así como mi afición por los personajes de Sherlock Holmes y John Watson.

Empezaré por lo primero.

Los cuentos de la Chacha. Empezando a estimular mi imaginación... Invierno de 1976
Los cuentos de la Chacha.
Empezando a estimular mi imaginación…
Invierno de 1976

La cosa se remonta a mi más tierna infancia, cuando, antes de empezar a crear e imaginar de forma consciente, escuchaba embelesada los cuentos que me explicaban mi tía, la “Chacha”, y mi abuela paterna, la “Yaya Eulalia”. Tal vez fueran ellas, sin saberlo, las primeras precursoras de que mi imaginación se convirtiera, más adelante, en una parte tan importante de mí… No puedo evitar, por lo tanto, agradecerles todos aquellos ratos que pasamos en el mundo fantástico de los cuentos 🙂

De este modo, desde que recuerdo tener uso de razón, aun antes de empezar a ir a la guardería a los cuatro años, ya encuentro, en los rincones más recónditos de mi memoria, la existencia de historietas que rondaban por mi mente.

Póster de La Guerra de las Galaxias, Episodio IV Imagen extraída de http://illusion.scene360.com/movies/51091/best-star-wars-movie/
Póster de La Guerra de las Galaxias, Episodio IV
Imagen extraída de http://illusion.scene360.com/movies/51091/best-star-wars-movie/

Y recuerdo con total claridad, además, que algunas de ellas giraban en torno a la película de La Guerra de las Galaxias, que mis padres me llevaron a ver al cine a la edad de 3 años (me enorgullezco de ser una de las pocas personas de mi edad que la vieron en la gran pantalla cuando se estrenó 😀 ), y que, no sólo me encantó, sino que me marcó profundamente. En estas figuraciones que componía secretamente en mi cabeza, Luke Skywalker era mi amigo y ambos luchábamos contra Darth Vader…

Vamos, que como podéis comprobar, lo de imaginarme historias venía conmigo, en el lote, y crecía también conmigo.

Johan y Pirluit Foto hecha directamente a uno de mis cómics de cuando era pequeña.
Johan y Pirluit
Foto hecha directamente a uno de mis cómics de cuando era pequeña.

Más adelante, tal vez con unos seis años, empecé a soñar despierta con otros personajes, tales como Los Pitufos y Johan y Pirluit, por ejemplo. Y, posteriormente, ya con ocho años, recuerdo haber escrito mi primer cuento, con personajes totalmente originales.

¿Qué no daría yo por recuperar aquel primer manuscrito, ilustrado también de mi propio puño?

Pero hoy no me voy a enrollar más; otro día os explicaré de qué iba aquel primer cuento, y os enseñaré, además, como primicia mundial, alguna imagen de la segunda historia que escribí e ilustré, que ésa sí la he encontrado.

¡Hasta entonces! 😉